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Cine y educación secundaria: aprender a mirar, crear y construir convivencia
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Cine y educación secundaria: aprender a mirar, crear y construir convivencia

6 min de lectura
Por G. de la Fuente, Juan · ONGD CohesionART · Algunos derechos reservados

Los adolescentes ven vídeo a diario: en redes, en plataformas, en el grupo de mensajes de la clase. Lo que casi nunca hacen es preguntarse quién decidió dónde poner la cámara, qué se quedó fuera del plano o por qué una escena les hizo gracia. Consumir imágenes sin parar no enseña a leerlas, y tampoco a ver qué estereotipos repiten.

Por eso el cine puede entrar en el instituto como algo más que la película del último día antes de vacaciones. Proponemos un recorrido en tres tiempos: mirar con atención lo que pasa alrededor, contar en grupo una historia propia y enseñarla fuera del aula. En cada tiempo se aprende algo distinto sobre derechos humanos y sobre convivencia.

1. Mirar lo que ya no vemos

La discriminación casi nunca llega en forma de gran conflicto. Llega como una broma sobre el acento de alguien, un compañero al que nunca eligen para el trabajo en grupo, un rumor que corre por el chat de la clase o un silencio cuando alguien se pasa de la raya y de tanto repetirse, se normaliza y deja de verse.

La ficción ayuda a verlo otra vez. Permite hablar de una situación difícil sin que nadie tenga que contar lo que le pasó a él, y en un aula de adolescentes eso importa mucho. Con un buen acompañamiento, una escena de cinco minutos abre una conversación que un sermón cerraría.

Después de verla, cuatro preguntas suelen bastar: qué siente quien recibe el comentario, qué piensan quienes lo oyen, por qué cuesta intervenir y qué cambiaría si alguien lo hiciera. Como la imagen llega antes por la emoción que por la razón, el debate arranca de lo que el grupo ha sentido, y desde ahí es más fácil hablar de desigualdad y de derechos.

2. Rodar en grupo

En el lenguaje audiovisual cada decisión dice algo. Dónde va la cámara, qué plano se elige, qué se deja fuera del encuadre, qué música suena o cuánto dura una escena cambian lo que se cuenta. Cuando el alumnado lo prueba con sus propias manos entiende algo que ninguna explicación consigue del todo: que ninguna imagen es neutral, y que un montaje puede reforzar un prejuicio tanto como desmontarlo.

Antes de coger el móvil hay que saber qué se quiere contar, y los programas con más recorrido trabajan en ese orden. El de la FAD, El audiovisual como herramienta para la transformación social, empieza con sesiones sobre derechos humanos, Objetivos de Desarrollo Sostenible y cómo transmitir una idea en un cortometraje; sigue con el guion, el rodaje y el montaje, y acaba con la difusión de los trabajos en el centro, en festivales y en redes. Su guía didáctica Un Spot para decir Stop (2015), que recoge 21 cortometrajes realizados por jóvenes andaluces, sigue el mismo camino: primero, la reflexión crítica sobre prejuicios, estereotipos y diversidad; después, el vídeo.

Rodar un corto obliga, además, a ponerse de acuerdo. Hay que elegir una historia entre varias, decidir cómo es un personaje y cómo acaba todo, y repartir el trabajo: quien escribe, quien actúa, quien dibuja el guion gráfico, quien organiza el rodaje, quien monta. Los desacuerdos llegan solos. Resolverlos hablando, escuchando y cediendo en algo forma parte del aprendizaje tanto como el corto terminado, y ahí está buena parte de la educación para la paz: en aprender a discrepar sin romper el grupo.

Con adolescentes, todo esto pide algunas precauciones. Las actividades tienen que ser accesibles para todo el grupo. La privacidad, el consentimiento y los derechos de imagen de los menores se cuidan desde el primer día. Nadie debería sentirse empujado a contar una experiencia dolorosa. Y los guiones se revisan juntos, porque al denunciar un estereotipo es fácil acabar repitiéndolo sin querer.

3. Sacar el corto del aula

Conviene no mezclar tres ideas que a menudo se usan como sinónimos. Ver o hacer un cortometraje puede despertar empatía. Trabajar en equipo y discutir sin pelearse entrena la convivencia en el centro. La cohesión social va más lejos: tiene que ver con sentirse parte de una comunidad, con la igualdad de derechos y de oportunidades y con participar en la vida común.

Una proyección suelta no cohesiona a nadie. Lo que suma es un trabajo continuado que termina fuera del instituto, delante de familias, vecinos y gente de otras edades y orígenes. Ahí la mirada de los adolescentes deja de ser un ejercicio de clase y pasa a ser una voz que la comunidad escucha.

Lo vimos en la tercera edición de Mirades Interculturals. La Silla, codirigida por Clara García y Mariano Reinaldos dentro de un programa de mentorías cinematográficas del IES Ramón Arcas Meca de Lorca, se llevó el Reconocimiento a la Mejor Dirección. Antes había ganado el primer premio de la categoría juvenil en el Encuentro Audiovisual de Jóvenes de Cinemajove. Es un buen ejemplo de hasta dónde puede llegar una historia que empieza en un instituto.

Qué proponemos a los institutos

Mirades Interculturals es el festival de cortometrajes que organizamos desde CohesionART para hablar de diversidad, convivencia y derechos humanos a través del cine. Queremos que sirva de puente entre los institutos y la vida cultural del municipio, de dos maneras:

  • En el aula. Un cortometraje cabe en el horario lectivo y se presta a proyectos que cruzan ciencias sociales, lenguas, educación artística y tutoría. Trabaja varias de las competencias clave para la educación básica (la ciudadana, la digital, la personal, social y de aprender a aprender, y la de conciencia y expresión culturales) y lo que se promueve es trabajar desde todas las materias: comunicación audiovisual, espíritu crítico, educación en valores y gestión positiva de los conflictos.
  • En el festival. Proyectar los trabajos o participar en un cinefórum fuera del centro lleva lo que piensan y cuentan los adolescentes al espacio público, donde se encuentran con creadores y con vecinos de otras edades y procedencias.

La colaboración se adapta a cada centro y a cada edición: podemos acompañar la creación de cortometrajes para una próxima convocatoria u organizar sesiones de visionado y reflexión guiada, con fichas didácticas, sobre películas de temática social.

Un cortometraje no va a arreglar las desigualdades de un barrio, y tampoco lo pretende. Lo que sí puede dar a un grupo de adolescentes es la costumbre de mirar con atención, de discutir lo que les parece injusto y de hacerse oír fuera del aula. Quien ha tenido que decidir cómo contar una historia entiende mejor cómo se cuentan las de los demás.

Si sois docentes, equipo directivo o asociación de familias y queréis estudiar una propuesta para vuestro centro, escribidnos.

Cómo citar este artículo

G. de la Fuente, Juan (2026). “Cine y educación secundaria: aprender a mirar, crear y construir convivencia”. ONGD CohesionART.

https://www.cohesionart.org/cine-educacion-secundaria-convivencia/

© G. de la Fuente, Juan / ONGD CohesionART · Licencia CC BY-NC-SA 4.0

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Para empezar en el aula: el taller exprés de creación audiovisual lleva a un grupo de la idea a un cortometraje grabado con móvil en tres horas, sin conocimientos técnicos previos.

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